Cuando supe que iban a colaborar juntos la mejor cantante de todos los tiempos (para mí, claro, qué decir) y uno de los personajes que más habían cautivado a cualquier amante de la música en los últimos años, gracias a su delicado talento y a su personal forma de interpretar, caí casi muerto. Unidos, además, por un poema citado al final de una de las obras maestras de Andrei Tarkovsky. Qué más se podía pedir. El resultado solo podía ser una de las canciones del año, como así ha sido a la postre, y sin duda la mejor canción de Volta, el álbum de la nena. Juntos también hicieron el tema que cerraba el disco,
My juvenile.
The dull flame of desire, la alucinante colaboración de Björk y Antony Hegarty de Antony and the Johnsons.
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