Vuelven los putos Goldfrapp, que diría la cándida Ellen Page. La banda de Alison, esa cantante de voz misteriosa y celestial, acorde para hacer cualquier álbum que esté cerca de romper todas las expectativas, regresa de la manera más gélida que se pueda esperar.
Lo de gélida no es un varapalo a la valoración del disco, sino precisamente todo lo contrario.
Seventh tree, que así como se llama este trabajo, contiene canciones acordes con la época del año en que surge: frías, transmitiendo un ambiente de paz sosegada, ideales para perderse en infinitas estepas, abriendo los ojos para ver brumas matutinas y vespertinas, ambientes irreales que nos sitúen en un brumoso universo ensoñador.
Porque Goldfrapp han dejado atrás los devaneos con el electropop casi casi technoochentero de sus anteriores trabajos, para centrarse en una riqueza lírica, más cercana al folk. Que a otra cosa para, con una tenue electrónica se aproveche de verdad el mayor mérito del grupo, esto es, el virtuosismo vocal de Alison. Para ello no es necesario que ningún tema se un potencial single rompedor. Alejarse de la comercialidad es tal vez lo mejor para recuperar tus orígenes, de
Felt mountain y su maravilloso
Utopia. Temas como
Little bird,
Eat yourself,
Cologne cerrone Houdini o el que será adelante,
A and e, lo demuestran. Al fin y cal cabo, Goldfrapp son esa banda que la gente va a ver aunque para ello tenga que pasar por el aro de pagar el mayor caché del grupo del marido de Gwynelth Paltrow.
Faltan aún varios meses para que salga a la venta este álbum (25 de febrero), que ya se sitúa de inmediato como uno de los grandes candidatos a situarse entre lo más granado de la temporada 2008.
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